20140130

Waterfall.



Me pregunto hasta cuándo voy a aguantar. Hasta cuándo voy a poder contener la pena... siendo pena. No sé si funciona igual para los demás -y, honestamente, no me importa-, pero es un hecho que en mi caso el dolor y la desolación evolucionan siempre en ira y odio. Siempre. Es el ciclo natural de las cosas, es inevitable. Si la pena no se acaba, es cuestión de tiempo a que mi instinto convierta ese sufrimiento en furia, intentando ahorrarme el dolor, convirtiendo esos sentimientos que son destructivos para mi persona, en emociones que son dañinas para los demás.
No quiero que vuelva a ocurrir. No quiero volver a destruirlo todo. Las relaciones humanas son tan frágiles que tirarlas abajo no me cuesta más de diez segundos, o tal vez es que yo tengo un talento innato para eso.
Mi pregunta es, sencillamente, hasta cuándo voy a poder contener la pena en mi interior, abrazándola e impidiéndole escapar... porque sé que en cuanto la suelte, un odio irracional se apoderará de mí y entonces ya no habrá vuelta atrás, ni quedará nada que salvar.
... Y es algo que no puedo permitirme perder.
Porque la ira, por potente que sea, siempre remite. Siempre. Y es entonces cuando las lágrimas se derraman como una cascada oscura, y el sufrimiento se dobla.

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Ya fuese durante una noche despejada, sin una luna manchando el cielo, ni nubes cubriéndolo como inmensas motas de polvo, aunque sí con la leve brisa lamiendo los troncos de los árboles y haciendo bailar las hojas con un leve susurro; o ya fuese bajo la furia de la tormenta, con las gotas estrellándose contra el suelo como pequeñas esferas de vidrio que se quiebran con un fuerte golpe, con imponentes rayos que ciegan los alrededores en su feroz majestuosidad; en ambas circunstancias me encontré contemplando las maderas de la cama de arriba y del techo, lejos de intentar descifrar formas o patrones en ellas. En ambas circunstancias me encontré sumida en mis propios pensamientos, aterradores y difusos como un páramo blanco y desolado, y sólo pude salir al oír un sonido inusual a esas horas. Aves. Aves que cantaron durante unos cuantos segundos, a veces algunos minutos, a pesar de que no era su horario natural para mostrar su canción. Aves que con sus agudas voces me sacaron de mi ensimismamiento, como si tratasen de decirme algo.
Por unos instantes, sentí como si ellas fuesen conscientes de lo que me ocurría y, en un intento por aliviarme, hubiesen salido de sus profundos sueños para cantar para mí y ahogar con sus voces mi pena. Como si buscasen consolarme, como si a pesar de ser conscientes de que nada podían hacer para ayudarme, de todas maneras tratasen de apagar mis heridas con sus cantos. Como si me comprendiesen.
No pude contener las lágrimas, que surcaron mi rostro en cuestión de segundos, y sonreír por su vano intento de consolarme, mientras un nudo espantoso se me formaba en las entrañas.
No es algo que pueda describirse, incluso ahora que estoy tan lejos de ellas puedo recordar exactamente cómo fue, y de hecho se me humedecen los ojos de sólo pensarlo. Fue algo único.
Odio haber tenido que dejarlas atrás.

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Repetirme una y otra vez que no es su culpa no me ayuda en nada, la verdad. Sé que es injusto desahogarme contra su persona, pero también lo es mi situación, de modo que, ¿no es acaso un intercambio equivalente?
No, claro que no, porque mientras que yo me busqué la mierda en la que estoy metida, su persona no hizo nada. Nada. Nada en absoluto, nada, nada, nada. Se limita a existir y si ejerce una fuerza A sobre uno y una B sobre otro no es culpa suya porque es obvio que no lo hace conscientemente. El odio hacia su persona es injusto, y también lo es mi situación, sí; la diferencia radica en que no merece mi odio, mientras que yo sí me merezco lo que me está pasando.
Un odio más para la lista, pero este es especial, porque me hace sentir la peor basura del mundo.
No valgo la pena.

(Qué asco todo lo que acabo de escribir.)
'Cause if I burn, so will you.